Martes, 11.12.2018 - 06:21 h
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Lo que tienen que aprender los taxistas de los VTC

Me resistí durante mucho tiempo a probar Cabify por solidaridad con los taxistas pues pensaba que ellos, como nosotros los periodistas, estaban siendo triturados por el mundo digital, las aplicaciones y todo eso. Un día, un familiar en paro se apuntó a Cabify como chófer y me pidió que le echara una mano. Me descargué la aplicación y probé: empecé a darme cuenta de ciertas cosas.

Primero, la aplicación te dice el coste del viaje antes de que te subas, coste que no se modifica aunque el coche tenga que dar la vuelta a la ciudad. Segundo, podías escoger qué música querías escuchar antes de subir al coche. Tercero, te anunciaba el nombre del conductor, digamos Juan Luis. Cuarto, Juan Luis te llamaba antes de recogerte para verificar que ibas a estar en el punto de recogida. Quinto, Juan Luis te ofrecía agua al subir. Sexto, te preguntaba si la temperatura del aire era la adecuada. Séptimo, Juan Luis no hablaba de política, fútbol o religión (norma de Cabify). Octavo, el coche era amplio y olía muy bien. Noveno, tenía wifi. Y por último, Juan Luis esperaba a que entrases a tu portal, para abandonar el sitio.

O sea, un diez.

Eso me hizo meditar sobre uno de los últimos taxistas que me tocó. Fue en Barcelona: me recogió en la estación de Sants, y me tenía que llevar a San Cugat. Yo solo dije eso: Sant Cugat. Pues bien, lo que normalmente me llevaba 35 minutos, se demoró una hora porque se metió por el sitio equivocado. Segundo, al saber que venía de Madrid, me echó la culpa por haber enviado a la policía “a golpear a los ancianitos el 1 de octubre”. ¿Yo?

Le recordé que la policía recibía órdenes, que lo que pasí ese 1 de octubre fue ilegal y que los Mossos también pegaban, como cuando se liaron con un montón de gente que quería asaltar el Parlament. “Pues eso yo no lo vi”, contestó.

Entonces ponga en YouTube “asalto parlament mossos” y verá qué bonito pegan. El taxista me estuvo dando la matraca durante todo el viaje, pues los que veníamos de Madrid éramos los responsables de todo. En serio. Puedo jurar que esto me pasó.

No voy a ser injusto. Este taxista era especial. La inmensa mayoría no es así y me divierto mucho escuchando sus historias. Soy un taxifílico.

Todo lo que he escrito hasta aquí es para describir una situación que se presenta complicada para los taxistas.

La cosa funciona así. Una licencia de taxi no cuesta nada. Lo que cuesta es el traspaso de la licencia. Es decir, cuando el taxista se jubila, vende la licencia a otra persona, y como hay escasez de licencias, el precio que pone ese taxista es elevado. En Madrid, puede alcanzar más de 200.000 euros.

De modo que la persona que compre esa licencia, se endeuda con el banco como si comprara un piso. Debe sacar cada día dinero para pagar esa deuda al banco, el combustible, las reparaciones, el seguro y, luego, lo que sobre, para él.

Los taxistas se hacen en Madrid 200 kilómetros al día, y ese ritmo de trabajo le permite llegar a viejos y traspasar la licencia, que es como su jubilación. Pero resulta que una aplicación que uno se descarga en su móvil, le está haciendo la competencia desde hace unos años. Técnicamente se llaman licencias VTC (vehículos de transporte con conductor), y en la práctica, Cabify o Uber.

La ley teóricamente dice que solo debe haber una licencia de VTC (esos coches con conductor privado) por cada 30 de taxis. Los VTC solo pueden ir a recoger y dejar clientes de punto a punto. No pueden recoger a nadie que les levante la mano en medio de la calle.

Cuando Zapatero llegó al poder, liberalizó las licencias. Un montón de personas (desde empresas hasta taxistas) se pusieron a pedir licencias VTC a mansalva. Miles. Luego el PP controló ese desmadre, pero como ya fue en 2015, todas las licencias solicitadas hasta entonces, no se podían ya prohibir.

Eso ha hecho que cada vez haya más VTC en las calles, lo cual ha hecho enfurecer a los taxistas pues piensan que les quitan el pan. Cierto, se lo quitan. Pero la mayoría de los conductores que ellos ven como enemigos son conductores asalariados que no son dueños del coche, sino que trabajan para empresas que a su vez trabajan para Cabify o Uber. Son los obreros del transporte, y ganan menos que un taxista.

Muchos pensarán que Cabify o Uber son inmensos conglomerados multinacionales de coches y conductores. Pero en realidad Cabify o Uber son dueños de un simple programa informático, una app, que la gente se descarga en su móvil. Los que ponen la pasta y compran los coches son otros: desde autónomos, hasta grandes empresas.

Y así llegamos a este embrollo: los taxistas han bloqueado las avenidas de las grandes ciudades. Piden al gobierno que detenga las licencias VTC, que elimine muchas de las que hay (para dejar la tasa el 1 VTC por 30 taxis) y que indemnice a los que pidieron licencias VTC. Los taxis han empleado la fuerza y la extorsión de tal modo que se están ganando más enemigos que amigos. La gente empieza a cabrearse porque ha visto escenas muy violentas en la tele.

El ministro intentó resolver el asunto traspasando esa responsabilidad a las autonomías. Pero por primera vez en la historia de la democracia, las autonomías se negaron a un traspaso de poder porque eso era una patata caliente. ¿Pelearme con los taxis? Ni loco.

Mi impresión es que esto durará unos años. Luego, cuando vengan los coches autónomos sin conductor los taxistas volverán a la batalla.

Creo que esto se arreglaría concediendo más licencias de taxis, pero obligando a los nuevos taxistas a cumplir con determinadas normas: no poner la emisora que ellos quieren; tener wifi; conectar el aire acondicionado (parece increíble pero todavía muchos no lo ponen); ofrecer tarifas fijas desde el principio sin importar el recorrido (algunos ya lo hacen en determinados recorridos); y sobre todo, no dar la tabarra con la política, sea la que sea.

Eso haría que la gente les volviera a apreciar.

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