Lunes, 19.08.2019 - 19:07 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Argelia no es Siria

Ya parece un clásico. Cada primavera el norte de África parece convulsionarse al son de diferentes movimientos sociales que claman a favor de una causa concreta. Incluso en nuestro continente, las movilizaciones ya no son ideológicas. Son causales y esto provoca que varias ideologías puedan confluir en la defensa de una misma causa. Se da así la paradoja de que espectros políticos claramente separados puedan encontrar un espacio común de reivindicación.

Es el caso de las protestas y manifestaciones que estamos viendo en Argelia. La causa común parece identificarse directamente con la decisión del presidente Abdelaziz Buteflika de presentarse por quinta vez consecutiva al mandato presidencial. 

Las reacciones fueron instantáneas. Las calles y plazas argelinas comenzaron a poblarse de manifestantes reivindicando mayor democracia, o al menos la apariencia de ella.

La heterogeneidad de los grupos sociales que han salido a la calle es destacable. Veteranos de guerra, jóvenes, estudiantes, periodistas, intelectuales, mujeres… Todos reclaman una mayor profundización democrática en aras, eso sí, de sus intereses particulares.  Es aquí donde la causa común, el eje de las movilizaciones del siglo XXI, surge como un catalizador que permite compartir pancarta a grupos ideológicamente tan separados.

Realmente, ¿qué une a todos estos grupos? Detrás de todas las protestas está el papel que ha jugado el presidente Buteflika en los últimos años. Desde 2013, año en el que sufrió un “accidente cardiovascular”, los argelinos solo conocen de la existencia de su dirigente por los medios de comunicación estatales y los partes médicos que se emiten periódicamente desde Ginebra. No es por ello sorprendente que gran parte de la ciudadanía se pregunte por la viabilidad del quinto mandato de un dirigente de 82 años y convaleciente desde 2013.

Una vez identificada la causa común de unión es necesario preguntarse por las razones reales que llevan a echarse a la calle a miles de personas. Como en todas las crisis geopolíticas existen otros factores que, independientemente de la causa aparente, explican la reacción social. Es aquí donde surge la economía (siempre la economía) y concretamente sus efectos sobre la población, en la explicación de los cambios y transformaciones sociales.

En 2011, el régimen argelino capeó perfectamente el despertar de las primaveras árabes. Se beneficiaba de un precio del petróleo alto que proporcionaba ingentes recursos económicos al país. La gestión de este activo propició que el Gobierno invirtiera en grandes programas de infraestructuras y múltiples proyectos de inversión en jóvenes y mujeres, a través de ayudas a la creación de empresas y trabajo autónomo. En el corto plazo, todos estos esfuerzos fructificaron y se plasmaron en ferrocarriles, carreteras, puertos, por un montante total programado de 90.000 millones de euros. Argelia, el país más grande de África, se convertía así en el motor económico del Magreb.

Sin embargo, en el medio plazo las cosas cambiaron. Años después, y con los precios del petróleo condicionados por la situación coyuntural del mercado y estructural del negocio, Argelia se enfrenta a un índice de paro juvenil superior al 30%, planes de infraestructuras congelados y el fantasma de la corrupción asomando por la puerta. Es el cóctel perfecto para la insatisfacción social que, ineludiblemente, se manifiesta en las movilizaciones que vemos en las calles argelinas.

El PIB argelino se encuentra protagonizado fundamentalmente por el Estado que junto a la ya mencionada tasa de desempleo real, la ineficiencia de su industria y el desequilibrio a favor de los hidrocarburos en su cesta económica hacen que, en esta ocasión, las demandas sociales encuentren una explicación económica palpable.

El gran tesoro de Argelia son sus recursos energéticos. Siempre han sido gestionados con un claro compromiso hacia el exterior, primando la seguridad en el abastecimiento frente a otras variables. De hecho, el gran factor diferenciador argelino ha sido la estabilidad en el suministro de los mismos. Incluso afrontando una auténtica guerra civil entre grupos rebeldes y el gobierno, que causó más de 150.000 muertes, la provisión de gas y petróleo a Europa se ha garantizado siempre.  La seguridad en sus instalaciones siempre ha sido el santo y seña de Argelia, frente al resto de países exportadores de la zona. Hasta el atentado en la planta gasística de In Amenas en 2013, el régimen de Buteflika siempre quiso mostrar al mundo su determinación para que el terrorismo no afectara a sus intercambios energéticos. Hecho que, tras el asalto y liberación por parte de las fuerzas argelinas a la planta, ha venido realizándose en el tiempo escrupulosamente.

Argelia es un gran negociador, eso a nadie se le escapa, pero también es cierto que cumple todo lo que promete y esto le ofrece una gran fiabilidad en el mercado del petróleo. España es un socio preferencial de Argelia. Se cumplen ya 50 años del primer envío de gas a nuestro país y, desde entonces y con las lógicas negociaciones contractuales, lo cierto es que España y Argelia han confluido también en una causa común: la energía.

Es difícil predecir el desarrollo futuro de la crisis. La reacción del primer ministro argelino, Ahmed Ouyahia, ante las manifestaciones ha sido, de momento, ejemplar.

Pese a que algunas de ellas fueron reprimidas por cuestiones de orden público, el carácter pacífico de la inmensa mayoría fue destacada por el premier. Las imágenes recordaban incluso a los tiempos de las rosas en los fusiles. Ahora bien, el mismo primer ministro se apresuró a advertir que las mismas imágenes pudieron verse en Siria al comienzo de la guerra civil. Una comparación que ha servido de munición a los manifestantes para reforzar sus proclamas.

El 'Argelia no es Siria' se ha convertido en un grito de protesta de la ciudadanía argelina. No les falta razón. Mientras que en Siria las protestas fueron reprimidas sin piedad por parte del régimen de Bashar al-Asad, en Argelia la reivindicación de más democracia se ve como una consecuencia lógica de un gobierno consciente de la situación económica que pasa.

España debe ser también consciente de la necesidad de contar con un aliado que suministra casi el 50% del gas que consumimos, máxime cuando existe un consenso generalizado en un aspecto de Estado como es la transición energética hacia una economía sostenible. En este proceso, el gas jugará, sí o sí, un papel trascendental como respaldo a la penetración imparable de las energías renovables en nuestra economía. Argelia no es Siria… ni nos conviene que lo sea.

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