Jueves, 05.12.2019 - 15:45 h
Marca de agua

Sánchez encumbra a Abascal, consolida a Casado y pierde a Rivera

Tenían razón todos los que, desde Casado hasta Iglesias, advirtieron a Pedro Sánchez de que las elecciones plebiscitarias las cargaba el diablo. Pero no escuchó el consejo porque, pagado de sí mismo, estaba totalmente convencido de que la sociedad española acudiría al rescate, le refrendaría como el líder indiscutible y le permitiría conciliar el sueño gobernando en solitario. De su burda ensoñación, en la que se veía más fuerte, más alto y más rápido, el presidente en funciones ha despertado de un bofetón olímpico: más débil, menos líder y más tullido. Si el domingo España se levantó paralizada pero con expectativas, hoy amaneció desconcertada y sin esperanza. No es que haya vuelto a la casilla de salida del 28 de abril: es que ha caído en el pozo de la incertidumbre sin que se vislumbre una salida fiable y duradera. Sánchez se abrazó a la Ley D’Hodt pero le salió al paso la Ley de Murphy.

El hecho de que el PSOE se mantenga como el partido más votado no maquilla el desastre al que le ha llevado Pedro Sánchez. No sólo ha perdido tres escaños y 800.000 votos; además, ha arruinado la mayoría absoluta que disponía en el Senado, ha fortalecido a su adversario natural (PP) con 20 diputados más, ha fracasado en su objetivo de laminar a Pablo Iglesias y, tal vez lo peor de todo: se queda sin la baza de Ciudadanos, que actuaba como cortafuegos a la derecha pero también podría ser un aliado, como se demostró con Susana Díaz. La ruina de Cs en Cataluña es especialmente negativa porque malogra la consolidación de un partido constitucional capaz de plantar cara a los separatistas.

Si a todo esto le añadimos que, víctima de su soberbia, Sánchez le hizo gratis la campaña a Vox agitando la momia de Franco, mientras contemplaba indeciso el resplandor de las barricadas separatistas, la conclusión es que anoche empezó la cuenta atrás de la derrota del PSOE en las próximas elecciones.

Pero mientras llegan esas nuevas elecciones, que bien puede ser en unos meses, el paisaje que se divisa tras la batalla es desalentador y encierra graves riesgos. De entrada, tenemos el Congreso más fragmentado de la historia democrática, donde hacen fortuna las reivindicaciones localistas. Los partidos territoriales, que sólo miran por su campanario, se han fortalecido y han irrumpido nuevas siglas, fenómeno que suscita tres consideraciones: una, que el movimiento centrífugo del modelo territorial ya no es patrimonio exclusivo de los nacionalismos; dos, que las formaciones tradicionales pierden credibilidad como instrumentos de vindicación; y tres, que al desaguar los terruños en el Congreso, queda en evidencia el Senado como un artefacto inútil y hueco, donde hallan refugio venerables licenciados y heroicos pensionistas de los grandes partidos. Si la Cámara Alta cumpliera la función de representar a los grupos localistas, empezando por los independentistas, el Congreso se libraría del lastre que suponen los partidos sanguijuela, que además de vivir del chantaje someten a sus exigencias la gobernación de todos los españoles.

Por lo demás, del recuento electoral emergen varias constataciones que, lejos de aportar estabilidad y moderación al debate, excita los peores instintos de una clase política que cabalga entre la frivolidad y lo insignificante. El hundimiento de Ciudadanos, que en buena lógica se cobrará la cabeza de Rivera, recuerda la debacle de UCD y lo más probable es que, pasado un tiempo, retornen al redil del PP gran parte del 1,6 millones de votos que aún retienen. El viaje al centro emprendido por Casado, siguiendo las huellas de su mentor Aznar, se ha revelado eficaz: los 22 diputados más, aunque insuficientes para tocar el cielo, consolidan al líder del PP, le encarrilan por la senda del crecimiento y le colocan como favorito para la próxima cita electoral. Además, a nada que lo gestione con habilidad, puede atraer a más de un millón de votos procedentes de Ciudadanos, justo los que necesita para disputarle la hegemonía al PSOE.

Sin embargo, Santiago Abascal se lo pondrá difícil a Pablo Casado. Los vientos corren a favor de Vox. Con 52 diputados, el partido verde dispone de un arsenal político y jurídico de gran calibre. Ahora goza de la posibilidad de trasladar al Tribunal Constitucional la batalla en la que mejor se mueve, la ideológica, poniendo en jaque algunas leyes pactadas por el bloque de la izquierda, como la de Memoria Histórica, o de más amplio consenso como la de Violencia de Género. Batalla que, al margen de lo que decida el TC, obligará al PP a tomar posición y no siempre será confortable ni comprensible para parte de sus votantes.

Pero no será el único dolor de cabeza que Abascal le dará a Casado. Hay otros que pueden alcanzar la categoría de migraña: la gobernación en Andalucía, Madrid, Murcia y Castilla y León. Hasta ahora, PP y Cs han gobernado con el desahogo que le aportaba Vox, relegado a convidado de piedra con derecho a pataleo. El vuelco de anoche, sin embargo, cambia radicalmente del tablero: el partido de Rivera entra en la fase de liquidación, mientras que el de Abascal se convierte en la tercera fuerza nacional. Al desarrapado invitado que avergonzaba a los anfitriones le acaba de tocar la lotería y si quieren que pague la fiesta tendrán que ofrecerle algo mejor que las sobras.

Si Pedro Sánchez leyera poesía, tal vez podría haberse ahorrado el fiasco de anoche. Le habría bastado ojear el soneto que, hace veinte años, escribió José Hierro, cuyas estrofas primera y última dice:

“Después de todo, todo ha sido nada

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

(…)Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada”

Ciento noventa días y 140 millones de gasto después, todo para nada.

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