Viernes, 22.03.2019 - 20:35 h
Capital sin Reservas

El torpe y letal 'Antimadridismo' del precandidato Hernández

¿Qué hará Pepu Hernández si gana las elecciones a la Alcaldía de Madrid el próximo 26 de mayo? ¿Le tirará la camiseta a la cara a Florentino Pérez cuando el Real Madrid se pase por el consistorio a celebrar alguno de sus futuros títulos deportivos? En fútbol o incluso también en baloncesto, deporte principal del precandidato socialista, que no en vano fue entrenador del Estudiantes para llegar después a comandar la Selección española campeona del Mundo en 2006. A lo mejor, el bueno de Pepu confía como cualquier otro antimadridista acérrimo en que sus rivales no levanten ninguna copa en lo que a él le resta de vida política. O a lo peor es hasta capaz de abdicar de sus principios y caerse del caballo en su camino a Cibeles, que por cierto es la plaza pública en la que el club más laureado de España celebra sus grandes victorias con millones de madrileños y madridistas.

La vinculación entre política y deporte suele ser un cóctel demasiado picante pero muy poco agradable al gusto de cualquier dirigente que aprecie el sentido común. El entrañable Pepu ha demostrado que no es un buen gourmet ni sabe apreciar el veneno que determinados ingredientes causan cuando se mezclan con las cuestiones públicas del comer. No digamos ya si el interfecto aspira ni más ni menos que a gobernar a los madrileños durante los próximos cuatro años. La tarjeta de presentación mediante la que ha identificado al Real Madrid con el Partido Popular puede convertirse paradójicamente en el mejor regalo para su eventual contrincante del PP, José Luis Martínez-Almeida, colchonero hasta las trancas, pero más comedido a la hora de exponer sus encontrados sentimientos futboleros.

El Atlético de Madrid ha conseguido arrebatar a su eterno rival la bandera del equipo del pueblo, ese eslogan manejado con enorme intención por Diego Pablo Simeone. Lo malo es que dicho estandarte suele encontrar su mejor justificación en la propia genética de derrotismo que inspira a sus hinchas cuando se pregunten eso de ‘Papá, y nosotros ¿por qué somos del Atleti? No falta tampoco como provocación de esa mística ecuménica la animadversión que genera Florentino cuando llama a Plácido Domingo para que cante aquello de que ‘el Madrid juega para que lo sepa el universo’. Con tan enfática prepotencia no es de extrañar que aficionados originalmente neutrales, adoptivos y residentes en la capital, hayan generado una extraña simpatía por el Barcelona en busca de garantías que colmen el ansia de ver al Madrid goleado.

En el deporte rey y sus disciplinas derivadas la derrota ajena puede alegrar el día tanto o incluso más que la victoria propia. De ahí que en España, de manera ancestral, se haya establecido una línea divisoria entre el madridismo y el antimadridismo. A partir de ahí cada cual guarda en su corazoncito al equipo de su ciudad, de su pueblo o de su barrio que, en todo caso, siempre será compatible con la filia o la fobia que suscita el blanco radiante del club de Concha Espina. Ahí precisamente, en la trampa irracional de una pulsión metabolizada a la contra, es donde ha tropezado el favorito de Pedro Sánchez en su intento primario de encabezar la tropa socialista con vistas a las próximas elecciones municipales.

El precedente de Miguel Sebastián

El presidente del Gobierno debería recordarle a su ‘compa’ del Insituto Magariños, donde ambos coincidieron en sus años mozos, lo mal que lo pasó y lo peor que luego le resultó a su correligionario Miguel Sebastián la identificación con los colores rojiblancos cuando se enfrentó a Alberto Ruiz-Gallardón por la Alcaldía de Madrid en 2007. Probablemente el entonces candidato socialista no fue vapuleado en aquellos comicios por su mera adscripción futbolística, pero quizá también influyó en el subconsciente de los votantes el interés que mostró en algunos círculos para invocar su antimadridismo como prueba fehaciente e inequívoca de su pasión atlética. Y todo ello teniendo en consideración que Sebastián intentó rectificar en cuanto se dio cuenta de la metedura de pata que suponía tomar partido deportivo en medio de unas elecciones, da lo mismo si son por el Ayuntamiento o para presidente de la comunidad de vecinos.

Pepu Hernández debería entender que hace muchos años que el fútbol en España ya no se juega en blanco y negro, época de la que procede su arraigada aversión contra el club de Florentino Pérez. Ahora todo va a colores y ya se sabe que en materia de gustos uno puede cambiar siempre de partido político pero nunca de equipo de fútbol. Es por eso que en el Partido Popular existen también conspicuos seguidores rojiblancos y si no que se lo pregunten a los ex ministros Luis de Guindos o Cristóbal Montoro, que en cuestión de números podían discrepar de casi todo excepto en su interés compartido por ver los domingos al Atleti encaramado en lo más alto de la clasificación de Liga.

Cuenta la leyenda que en alguna ocasión Mariano Rajoy tuvo que sacar a pasear con descaro su socarronería gallega para espantar las suspicacias de aquellos colaboradores que venían a quejarse de los daños colaterales derivados de la batalla intestina entre los dos primeros espadas económicos del Consejo de Ministros: “La verdad –aseguran que replicó el presidente- no creo que debamos alarmarnos por el mero hecho de que tengan puntos de vista diferentes. A mí lo que realmente me empieza a inquietar es que uno y otro tengan un criterio mejor en materia económica del que manifiestan en su afición futbolística. Mira que ser los dos del Atleti… eso sí que no tiene remedio.”

Lo del candidato a las primarias socialistas por el Ayuntamiento de Madrid tampoco parece que pueda arreglarse. No es la primera vez ni será la última que Pepu hace profesión de fe contra el Real Madrid porque estas cosas suelen crear adicción cuando se le coge el gusto. Si acaso, eso sí, las consecuencias de su terquedad impertinente podría atenuarse apelando al ADN perdedor que, según dice él mismo, inspiraba su deseo de desairar al llamado equipo del régimen, aunque sólo fuera rechazando una eventual oferta del club para vestir su camiseta. Ni que decir tiene que estos genes son un pésimo indicio antes de empezar la carrera electoral por mucho que el líder socialista se afane en propulsar una candidatura que además cuenta con no pocos detractores dentro del PSOE. Incluso si sale victorioso del primer envite le queda luego una dura campaña para ganarse el favor de los madrileños. Y no se olvide que Begoña Villacís es del Madrid. Creo.

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