Domingo, 15.12.2019 - 03:08 h

¿Qué pasaría si hubiese un muerto en los disturbios violentos de Cataluña?

Una semana después de darse a conocer la sentencia condenatoria contra los presos del procés la violencia en las calles de Cataluña, sobre todo en Barcelona, solo se ha apaciguado por momentos, aunque es más que evidente que se ha envalentonado. Mossos y policías nacionales acosados, apedreados, pateados, intimidados y golpeados: la actitud de los violentos pone de relieve el alto grado de entrenamiento o concienciación con el que se mueven. Cuando una masa de centenares de personas se abalanza sobre 8, 10 o 12 agentes del orden público solo cabe un resultado: palos, moretones y sangre, si hay suerte; heridos leves, graves o un muerto, si no la hay.

Grandes lesionados ya ha habido. El que más, un policía nacional al que un objeto atravesó el casco causándole graves daños de los que, por fortuna, parece que se recupera. Pero el muerto, como sujeto anónimo y que ojalá no se produzca, pasea cada noche entre las barricadas de contenedores ardiendo, pisando adoquines arrancados, esquivando piedras, porrazos, encajando patadas, repeliendo empujones, viendo pasar tuercas y canicas junto a la cabeza. Lógicamente, entre los que protestan también ha habido numerosos lesionados, algunos también graves con pérdidas de ojos o testículos como consecuencia de lanzamiento de pelotas de goma. Insisto, ojalá no haya que lamentar pérdidas de vidas humanas. Si eso llegase a pasar -da igual si se trata de un manifestante o de un agente del orden- la situación se habría ido totalmente de las manos y la tensión escalaría muchos peldaños de golpe.

No seamos ingenuos: esta inusitada violencia -que convive con el pacifismo de muchos catalanes que anhelan independencia sin dolor- no ha nacido de la noche a la mañana. Tampoco porque se haya condenado a unos políticos que tomaron decisiones que les han costado la libertad al vulnerar la ley. La violencia que toma las calles barcelonesas por la noche se ha ido larvando hace tiempo. Los políticos han tenido mucho que ver: los catalanes, por haber animado a la revuelta bajo la recompensa de un sueño que no se va a cumplir, al menos ahora; los del resto del Estado, los distintos gobiernos de España de PP o PSOE, por haber manejado con mediocridad y sin mano izquierda un conflicto que no había que ser muy listo para saber que acabaría estallando.

A estas alturas, el president Quim Torra está desacreditado para dirigir la Generalitat. Su comportamiento, antes y después de la sentencia del Tribunal Supremo, y antes y después de las revueltas callejeras, le coloca en los límites de la decencia política. Un president que anima a resistir y que se manifiesta con quienes quieren doblar el brazo a España no tiene espacio político en el que subsistir.

En Cataluña saben que a Torra se le está acabando la batería y buscan un hombre/mujer de paz para reconducir un gran barco que parece que a veces se ha convertido en un galeón pirata. El de Waterloo, Carles Puigdemont, pinta más de lo que parece. Él solo tiene dos bazas que jugar: entregarse y compartir celda con Oriol Junqueras, que le recibiría con los brazos abiertos, o mantenerse al margen de la ley para poder seguir agitando sin vestir el traje de franjas blancas y negras. A las claras sabemos cuál es su decisión.

Pero desgraciadamente, la violencia se mantiene. El ambiente social en Cataluña se está pudriendo. Un día unos salen a manifestarse por la independencia y la república y, al siguiente, otros hacen valer su concepto de unidad del Estado, con Cataluña dentro del mapa de España.

Probablemente no haya más activistas en las calles, pero son mucho más violentos. La diferencia entre una masa con miedo y unos pocos sin él es sustancial. Cuando la primera fila de un grupo de manifestantes pierde el pavor a llevarse un palo, los que tratan de mantener el orden dan un paso atrás. Manual de supervivencia. El soufflé violento crece y crece y la respuesta policial crecerá también. Así será seguramente.

Pedro Sánchez, que está de tour mitinero para recuperar los escaños que las encuestas le vaticinan que perderá, ha dejado el conflicto en Cataluña a su libre albedrío en medio de la partida de ajedrez salvaje que se vive a diario entre agentes y alborotadores. Hay quien le pide al presidente del Gobierno la aplicación de medidas excepcionales. En la mesura está el acierto, aunque la situación se ha caldeado de tal manera que ninguna opción es descartable.

La coincidencia de la tensión callejera y los comicios generales del 10-N ayuda más bien poco a que las cosas se calmen. ¿Qué pasaría si el Ejecutivo aplicase el 155 en plena precampaña? Tras las elecciones, si no hay gobierno a la vista, las calles redoblarán su presión con nuevas vueltas de tuerca. Cosas de la debilidad en política. Feo momento el que estamos viviendo.

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