Sábado, 20.07.2019 - 18:28 h
Capital sin Reservas

Vox y la jornada de reflexión: un ‘monstruo’ viene a vernos

Cuando en septiembre de 2011 el Partido Popular se preparaba para gobernar España en medio de la gran recesión uno de los altos dirigentes que había servido al lado de Mariano Rajoy en los duros años de oposición a Zapatero no tuvo por menos que reconocer la gravedad del momento: “Ahora no quedará más remedio que abordar un ajuste de caballo y esperamos que los ciudadanos lo entiendan. Si no es así actuaremos igual, con plena responsabilidad y asumiremos todas las consecuencias”. La cita podría resultar apócrifa si no fuera porque el paso de los años ha demostrado su cruel autenticidad, tanto para el que ejerció de profeta como para la gran parte de sujetos pasivos a los que iba destinado el mensaje, esa masa anónima de contribuyentes a los que hoy toca de nuevo reflexionar en calidad de electores por un día y que fueron los auténticos paganos de la crisis.

La corrupción no fue la tumba política del ‘marianismo’. Eso sólo fue la excusa. Lo que verdaderamente echó del poder al PP fue su pertinaz insistencia en cargar el peso de la recuperación a hombros de una clase media que le había otorgado su total confianza para cambiar el rumbo del país. El Gobierno de Rajoy aplicó la fórmula más sencilla al momento más complicado, apretando las clavijas tributarias al común de los mortales sin equilibrar la gestión administrativa de los maltrechos recursos con una acción política verdaderamente orientada a reformar la estructura económica del país. Quizá era mucho pedir para las ambiciones de un registrador de la propiedad con clara aversión al riesgo, pero aquellos eran grandes males que hubieran justificado, y requerido, grandes remedios.

En la víspera de estas nuevas elecciones legislativas, y tras comprobar las variaciones que ofrece el nuevo dibujo parlamentario, hay que concluir que nadie está dispuesto a escarmentar con la experiencia ajena. Solo así se explica la escasa atención que los principales líderes con aspiraciones reales de gobierno han concedido durante la campaña a las grandes cuestiones económicas, soterradas de manera general y premeditada bajo múltiples promesas de carácter social que pervierten el debate político hasta convertirlo en una subasta electoral, a ver quién da más sin saber cómo ni por cuánto, con la única intención de ganar por la mano al adversario en un mercadillo de votos donde sólo priva el tente mientras cobro. El estado del bienestar, despojado de toda responsabilidad fiscal, se paga con talones sin fondo que unos y otros emiten como si fueran cheques en blanco.

Sólo Vox en la pubertad de su fulgurante irrupción se atreve a decir las verdades del barquero en un desafío temerario a los cánones de la propaganda electoral. La formación que lidera Santiago Abascal se ha erigido como uno grupo claramente anti-sistema, pero no tanto por esas baladronadas intempestivas que están fuera de lugar en cualquier ideario moderno, sino principalmente por la singularidad de unas recetas económicas en manifiesta contradicción con las proclamas de todos sus rivales con representación parlamentaria. El spin-off del Partido Popular no tiene nada que ocultar; más bien al contrario, trata de sacar rédito a sus propias limitaciones con una oferta descarnada por liberal, pero que ataca la raíz de los problemas que su antigua matriz no supo ni quiso cortar en seco cuando tuvo una mayoría absoluta para hacerlo.

Recorte del gasto público en 24.000 millones

El programa de Vox es lo más parecido al que llevaba el PP en cartera hace ocho años, cuando el desastre de la anterior etapa socialista otorgaba la suficiente garantía de credibilidad para no tener que poner al país en almoneda con ocurrencias como las que han inundado estos días los carteles electorales. El nuevo partido emergente no se esmera en ofrecer subsidio de paro a los autónomos, ni promete una actualización de las pensiones con el IPC o un aumento del salario mínimo interprofesional, sino que trata de integrar un proyecto holístico donde la estrategia macroeconómica basada en un recorte del gasto improductivo en dos puntos del PIB, más de 24.000 millones de euros, se combina con una serie de actuaciones microeconómicas a partir de políticas de oferta destinadas a dinamizar la economía española en los dos primeros años de legislatura.

El actual bienio, hasta finales de 2020, estará impulsado por la inercia del menguante ciclo expansivo y, por tanto, es el margen que le resta al futuro Gobierno para poner a salvo los muebles antes de que arrecie la tormenta que pronostica el consenso de los grandes organismos supranacionales. Fundamentar las expectativas en una comparativa de crecimiento con Europa como hace la ministra Calviño por prescripción de los facultativos monclovitas es presumir de tuerto en el país de los ciegos, esconder la cabeza bajo el ala, imitar a la cigarra de la fábula o emular a Zapatero en su obsesivo negacionismo de la crisis. El problema de las recetas de Vox reside en que, aun valiendo para el actual e inclemente tiempo económico, no son de este acomplejado mundo político, plagado de estrategas de vía estrecha más preocupados por liquidar al contrario que por seducir al votante, como ha quedado demostrado en los debates de esta misma semana.

La ventaja del que es catalogado como partido ultraderechista reside en que ni siquiera ha tenido que exponerse al desgaste mediático de un combate dialéctico de escasa enjundia política en el gallinero de la pequeña pantalla. Los escrupulosos supervisores de la junta electoral central le han hecho un gran favor a Vox, que ha aprovechado su exclusión ante las cámaras para ajustar el foco de su relato doctrinal en compañía de sus fieles e incondicionales, sin entrar en detalles programáticos que pudieran haber soliviantado los ánimos más interesados. En realidad, se puede decir que ni el mejor asesor de imagen de Santiago Abascal habría diseñado un escenario tan ideal en este sprint final que lleva a la Carrera de San Jerónimo.

Las urnas emitirán este domingo el veredicto definitivo, resolviendo una de las comparecencias electorales más inciertas que se recuerdan en la historia de una democracia a la que todavía se le nota el acné de su retrasada madurez. Pero antes de llegar al esperado desenlace, y dejando a un lado las sonrisas y lágrimas de la noche que se avecina, hay algo que ha quedado claro y es la aparición de una formación rutilante que va a abrir nuevas ventanas en el debate parlamentario. Para algunos será un vendaval de calamidades y para otros un soplo de aire fresco, pero con independencia de los patrones ideológicos tradicionales en Las Cortes está claro que Vox ha impuesto su sello en la campaña y tiene argumentos para considerarse ganador moral a poco que acompañen los resultados. Esperemos que no tenga también que marcar el sino de la próxima legislatura.

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