La longevidad cambiará nuestro mundo

Pensiones, empleo, desigualdad… ‘La Vida de 100 años’, ¿regalo o maldición?

Una psicóloga y un economista, profesores de la London Business School, Lynda Gratton & Andrew Scott analizan en un libro el mayor reto del futuro.

Una imagen del filme 'Ordet' de Carl Theodor Dreyer
Una imagen del filme 'Ordet' de Carl Theodor Dreyer.

Cuando más cerril se torna el debate sobre el estado de las relaciones laborales, los salarios y el futuro de las pensiones, en una sociedad en permanente cambio, más necesario se hace elevar el plano de análisis y ver todo el abanico de implicaciones económicas, sociales, políticas y simplemente personales que genera el aumento de la esperanza de vida y las nuevas realidades sociales que surgen en su entorno. Una psicóloga y un economista, profesores de la London Business School, Lynda Gratton & Andrew Scott, han unido su talento para analizar todos esos nuevos escenarios en el libro ‘La vida de 100 años’ que se ha convertido en obra de cabecera de políticos, juristas, economistas, ejecutivos y lectores de todas las edades y condiciones, en el último año.

Su planteamiento parte de una realidad inapelable: cualquier niño de 8 años en la actualidad tiene más de un 50% de posibilidades de superar los 100 años y de hacerlo en unas condiciones físicas y mentales mucho mejores que quienes están ahora en lo que conocemos como longevidad. Lejos de ser un mero dato, ese hecho trastoca todas las relaciones de la vida y complica la situación a las generaciones actuales y futuras en una cascada de incógnitas sobre las que se pueden hacer todo tipo de cábalas.

De entrada, las pruebas realizadas por estos dos investigadores y contempladas en el libro demuestran que las generaciones se están abriendo y ya no se puede identificar la edad de las personas con una determinada etapa vital. Lo que antes era un modelo basado en tres etapas: educación, empleo y retiro, ya no vale. Ahora hay generaciones intermedias que valoran otro tipo de prioridades o se deben tener en cuenta nuevas transiciones vitales a los 70 y a los 80 años, más allá de la jubilación. De la escolarización y el aumento de la esperanza de vida en el siglo XX surgió el concepto de ‘adolescencia’, y algo parecido está ocurriendo con los que tienen ahora entre 18 y 30 años (Generación Z y Millenials), que “buscan nuevos estilos de vida y opciones, alejándose de los compromisos que pasadas generaciones hacían a su misma edad”.

Los autores analizan pautas, escenarios y casos genéricos concretos sobre lo que consideran “el regalo de tener una vida más larga”, pero con un lado oscuro de “maldición” también muy cierto: va a ser inevitable trabajar hasta los 70 y los 80 años, es imposible cumplir con las tasas de ahorro necesarias para tener una financiación digna durante más tiempo y los retos que todo ello plantea al Gobierno y a las empresas en todos los aspectos están más cerca de ser una condena que una bendición, si no cambian mucho las cosas en los próximos años.

La agenda de corporaciones y gobiernos

El cambio de valores que surge en una vida con múltiples fases lleva a nuevas etapas de formación a cualquier edad, a replantearse los sistemas educativos y las relaciones familiares, incluso se prevé que será muy bueno para acabar con la desigualdad de género, dado que hombres y mujeres tendrán que adaptarse a modelos más flexibles antes, durante y, sobre todo, después del cuidado de los hijos y de los mayores. Los autores llegan incluso a postular que estas nuevas estructuras sociales, algunas de las cuáles ya se ven en la etapa de transición que estamos viviendo, van a suponer que el hecho de tener unas “finanzas saneadas” para soportar toda la vida laboral no tiene por qué ser lo más importante. “Una vida bien vivida requiere una planificación cuidadosa para equilibrar lo económico y lo psicológico, lo racional con lo emocional”, señalan, para aclarar a continuación que en ese proceso “el dinero está lejos de ser el recurso más importante: la familia, las amistades, la salud mental y la felicidad son todos ellos factores fundamentales”.

Más cerca de la realidad económica, el estudio hace un exhaustivo repaso de los tremendos cambios que para las relaciones laborales entre corporaciones y empleados supone toda esta nueva estructura social. Tras admitir de entrada que muchas empresas serán incapaces de adaptarse y salir de “la tradición de caminar unos detrás de otros y de considerar edad y etapa como sinónimos”, los dos profesores de la London Busisness School identifican hasta seis cambios trascendentales que deberán tenerse en cuenta en los departamentos de recursos humanos de las empresas en las próximas décadas.

Las empresas deberán realizar una mayor valoración de los activos intangibles, y pasar de procesos basados en salario, pensión y horario, a ideas cercanas a la productividad y la vitalidad. Además, se valorará más la facilidad para cambiar de estadio dentro de la organización con gente que tendrá más opciones de moverse, flexibilidad en la gestión de las carreras profesionales (años sabáticos), implicar a la empresa en “el papel evolutivo de la familia en el trabajo” y la erradicación de la brecha de género, ser “agnósticos” sobre la edad a la hora de contratar y valorar de forma más profunda las diferentes experiencias profesionales que refleja un CV a la hora de apostar por alguien para determinar su función dentro de la empresa.

Y si el reto para las sociedades mercantiles en el ámbito laboral será mayúsculo, todavía será más trascendente el cambio que se tiene que producir en la agenda de los gobiernos. La deconstrucción de la vida en tres etapas rompe los modelos del actual Estado de bienestar y obliga a plantearse nuevas medidas fiscales, normativas más amplias y prestaciones sociales pensadas más para toda una vida que para momentos y etapas concretos. “Las prestaciones sociales de por vida -dice el estudio- darán alas personas mayor flexibilidad y posibilidad de elección respeto a cómo quieren gestionar las etapas de su vida”.

El reto de las pensiones y su actual modelo de reparto, que ya está en revisión en la mayor parte de los países de la OCDE, debiera ir más allá que la mera ampliación de la edad de jubilación o el recorte en el número de años para el cálculo de la prestación. A su entender, “los gobiernos deberán ser más flexibles a la hora de cómo las personas puedan disponer de sus pensiones y de sus fondos”, un reto en el que los autores también implican al sector financiero, cuyos productos y planificaciones se verán profundamente alterados “ante la emergencia de un nuevo colectivo de decenas de millones de personas que cambien de un modelo de vida de tres a múltiples etapas”.

Y como colofón, por si a estas alturas el miedo al cambio que viene no ha penetrado bien en los políticos que deben dirigir el camino hacia la nueva realidad social, el mayor reto al que se enfrentan según los autores es el de la desigualdad. Aunque duela reconocerlo, es una evidencia que, de forma general, los ricos viven más que los pobres. La diferencia está en algo más de doce años, y no parece que se vaya recortando, al contrario: las desigualdades en la sociedad moderna se amplían a nivel global cada día más y, “a medida que la esperanza de vida crezca a diferentes velocidades, la desigualdad en términos de salud también tenderá a crecer y eso se convertirá en un debate central de las políticas públicas”.

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