Jueves, 20.02.2020 - 02:35 h
Cuaderno de venta

Apple y la bomba de relojería que se está programando en Wall Street

Suena a profecía pero es de sentido común. El alma de la imponente subida hasta máximos históricos que se vive en Wall Street está corrupta e incuba un riesgo fácil de entender, pero no tanto de aceptar. Desde el inversor ‘millenial’ al ‘baby boomer’, toda una generación ha quedado cegada por la década alcista (2009-2020) que vive Wall Street. Normal. Las bolsas estadounidenses, con sus más y sus menos, no han dejado de subir y los rendimientos son estratosféricos tanto o más que en la burbuja irracional de los 90, aunque esta vez en un periodo de tiempo más largo y con el respaldo de fundamentales (su negocio y la economía). Pero las cotizaciones están dando positivo por doping: la compra de acciones propias y el elevado apalancamiento de los inversores.

El propio presidente, Donald Trump, resumió el tiempo que nos toca vivir en otro de sus provocadores tuits: “La bolsa está en máximos históricos. ¿Cómo lo está haciendo tu plan de pensiones? 70%, 80%, 90%... ¿más? ¡Sólo un 50% más! ¿Qué estás haciendo mal?” Como hubiera dicho el padre de burbujas y ex presidente de la Fed, Alan Greenspan: ¡Conundrum! (Enigma). Los datos exactos apuntan a una revalorización 300% para el Dow Jones 30 desde los mínimos de hace diez años , del 625% para el Nasdaq 100 (de 1.265 a 9.300 puntos) o del 400% para el S&P 500 (de 666 a 3.300 puntos), el más general y el que mejor refleja la evolución del mercado de EEUU y de su economía.

Todo esto ha sucedido desde la crisis subprime y la caída de Lehman Brothers. Queda tan lejos como cerca sus cicatrices. El demoledor comportamiento de Wall Street no tiene comparación en toda la historia moderna, pero quien piense que se extenderá ‘ad infinitum’ anda bien desencaminado. La realidad del último tramo alcista de las bolsas de ese país se apoya el dominio planetario que han adquirido sus empresas tecnológicas, desde Alaska hasta Argentina, pasando por África, Europa y Asia. Multinacionales globales, ingresos globales y valoraciones de otra dimensión a lo hasta conocido. Cinco compañías de tecnologías manejan desde hace tiempo a los índices bursátiles Dow Jones, S&P 500 y Nasdaq en su carrera de máximos históricos. Son las FAMAG: Facebook, Apple, Microsoft, Amazon y Google (Alphabet).

¿Cuánto cuesta la FAMAG?

Ahora están valoradas ya en 5 billones de dólares (5 trillions americanos). Hace diez años, no llegaban ni de lejos al billón entre ellas, una de ellas ni siquiera cotizaba en bolsa (Facebook) y otra (Amazon) era desdeñada como mera librería ‘online’. Solo un dato: las acciones del actual gigante de Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, suben un 3.000% en diez años (de 61 a 1.864 dólares). Estas máquinas de hacer dinero, optimizadas al máximo en costes y fiscalidad, están retroalimentando las subidas gracias a su actividad en autocartera y el respaldo de los fondos indexados y de la inversión pasiva. Tiran una y otra vez del mercado pero se están convirtiendo a la vez en un riesgo al estilo 'too big to fail', demasiado grandes para caer, que se usaba en la jerga bancaria. ¿Sus cotizaciones? Miel para los inversores.

Algunos creen que las grandes tecnológicas son invencibles e intocables de EEUU ante el escrutinio regulatorio, fiscal y legal. La historia demuestra lo contrario. No solo en su propio país, sino en el resto. 2020 aportará las pruebas. Pero lo que de verdad podemos cuantificar es el nivel de combustible que ha motorizado a Wall Street durante la pasada década, pero sobre todo a partir de 2012. ¿Qué se esconde detrás de esta fiebre bursátil? En primer lugar, y por encima de todo, la fuerza de las políticas monetarias occidentales que han inyectado liquidez como nunca. Es la era de los tipos cero en la que es más fácil ganar dinero endeudándose que obtener algún rendimiento al prestarlo. No solo ocurre con empresas solventes o estados, que financian gratis sus déficits públicos, sino entre los propios inversores. Para muestra, un botón: un reciente informe de la ESMA (la CNMV europea) cifra en 5,8 billones de euros el dinero en la llamada inversión alternativa, que excluye acciones, bonos o efectivo. De ellos, los activos netos en ‘hedge funds’ suponen apenas un 6% del total, pero el apalancamiento (deuda) dispara la capacidad de inversión de estos fondos hasta el 67%, diez veces más.

Cuando el mayor comprador de Apple es Apple

Pero para anomalías, la de Apple. La empresa más rentable del mercado y más grande hasta que llegó la saudí Aramco se ha pegado varios años pagando su dividendo endeudándose porque le salía más barato que utilizar su capital en caja. Tal cual. Hasta que llegó Donald Trump a la Casa Blanca y abrió las ventanas fiscales de EEUU a partir de 2017 para que sus multinacionales repatriasen beneficios en el extranjero con importantes rebajas. Todo lícito, todo legal… pero temporal y tramposo como casi todo con Trump. La gran mentira detrás de la subida de Wall Street durante su primera legislatura ha sido el destino de ese dinero. Gran parte de él ha ido a dividendos, otra a reducir deuda, pero una cifra muy relevante se ha destinado a la recompra de acciones. 

Es una bomba de relojería que se está programando en Wall Street. Apple, por ejemplo, lidera esta liga de la autocartera con la compra y amortización de 2.000 millones de sus propias acciones desde 2013. Cada uno de esos títulos cotiza hoy a 318 dólares, un 400% más en el lapso de seis años. La adquisición y eliminación de acciones tiene un doble efecto benigno para una empresa que cotiza en bolsa. Aumenta la valoración porque sube el beneficio que le corresponde a cada acción, pero actúa como una ‘mano invisible’ que se convierte en la principal fuerza compradora en bolsa de una empresa.

Ante semejante realidad, en mayo de 2016, Warren Buffett invirtió en Apple por primera vez. Puso fin a su alergia a las compañías tecnológicas y negocios que no entiende. Lo que sí comprendió el legendario y octogenario inversor fue la dimensión de la fuerza de una compañía que ha sido capaz de destinar más de 200.000 millones de dólares a autocartera. Buffett se subió al carro y hoy acumula más de 55.000 millones de dólares invertidos en títulos de Apple, la mayor apuesta de toda su carrera. El idolatrado oráculo de Omaha detectó las dos fuerzas que harían revalorizarse su inversión: la autocartera de Apple y la replica de los fondos indexados y ETFs de Vanguard, Blackrock o Amundi, las únicas firmas que tiene más acciones que Buffett.

Caen las recompras de acciones

Pero toda esa gasolina parece tener fecha de caducidad. No ya en el caso de Apple, sino en el conjunto de Wall Street. En 2018, las recompras de acciones entre las empresas del S&P 500 superaron los 800.000 millones de dólares. En 2019 llegaron al billón y en 2020... caerán hasta un 40%, hasta los 670.000 millones, según estimaciones de Goldman Sanchs. La mala noticia es que en 2020 esa gran fuerza misteriosa que ha disparado las bolsas estadounidenses durante la era Trump comenzará a flaquear por falta de combustible. No porque los negocios no vayan también, sino porque no habrá extraordinarios. El dopaje de la autocartera se va a reducir. ¿Se acabó lo que se daba?

No lo dice un cualquiera, sino el ‘gran hermano’ de los datos financieros. Goldman Sachs celebró el 9 de enero una 'conference call' entre clientes ('Room to grow') con un mensaje para 2020: “Las recompras corporativas y los inversores extranjeros han sido las únicas fuentes de demanda positiva de acciones estadounidenses en comparación con las ventas de planes de pensiones, compañías de seguros, fondos mutuos y hogares”. Pero también apuntó otros datos interesantes. Desde 2009, las recompras de acciones entre las compañías del S&P 500 se elevan hasta los 5,6 billones de dólares. Dicho de otro modo, las grandes compañías cotizadas de EEUU han destinado más dinero a su autocartera que a invertir en su propio negocio (Capex) durante una década. Tanto como para comprar a precio actual el 100% de las acciones de Facebook, Apple, Microsoft, Amazon y Google, los cinco jinetes del actual mercado alcista.

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