Sábado, 16.11.2019 - 03:00 h
Capital sin Reservas

Tal como éramos, la caída del imperio del Ibex y sus cordones sanitarios

Dependiendo del grado de melancolía con que uno se esmera en esfuerzos inútiles podría parecer que, en efecto, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Es el caso de Telefónica, por ejemplo, y sus denostados empeños en convencer a los inversores con medidas especiales que los observadores más suspicaces interpretan como un parche para ir tirando, algo así como pan para hoy y hambre para mañana. Y es el paradigma, mucho más cruel si cabe, de la gran banca, inmersa en una crisis de identidad donde la nostalgia por los viejos tiempos sólo sirve para enfatizar el drama de un porvenir carente de nuevas y mayores expectativas. En el olimpo empresarial al que se accede desde el Ibex 35 los dioses andan ahora de capa caída.

¡Qué grandes aquellos días en los que Emilio Botín y César Alierta se lanzaban pulsos en público por alcanzar el primer puesto como sociedad cotizada en bolsa! “Ya te dije que te iba a superar en beneficios”, le decía el antiguo jefe de Telefónica a su homólogo del Banco Santander allá por el otoño de 2006. Trece años después las dos entidades más emblemáticas del panorama corporativo español languidecen en una lenta agonía bursátil, sin que nadie se atreva a ponderar cuál es el suelo real con el que uno y otra pueden terminar de estrellarse. Los 100.000 millones de capitalización que llegó a alcanzar Telefónica en octubre de 2007 se han reducido a un tercio escaso mientras que el Banco Santander hace ya mucho tiempo que claudicó del liderazgo bursátil que disfrutó en vida de su presidente fallecido hace ahora cinco años.

Dejando a un lado la aureola de la inmarcesible Inditex, el único que se salva de la quema y, por tanto, se convierte en el más glamuroso de la pasarela, es Ignacio Galán y su apuesta decidida por la energía verde que ha permitido sintonizar a Iberdrola con la melodía imperante en los tiempos modernos, haciendo de la eléctrica la empresa más resultona del verano. Es curioso que el nuevo mandarín de la bolsa española sea precisamente un outsider al que sus propios colegas hicieron el vacío cuando trataba de convertirse en presidente del extinto Consejo Empresarial de la Competitividad, creado precisamente a instancias de Emilio Botín y César Alierta en un delirio de la enorme grandeza y no menor influencia que hace sólo unos pocos años alumbraban a los antiguos emperadores del Ibex.

Después de superar con creces en valor de mercado a sus viejos padrinos del BBVA, Iberdrola ha llegado a rebasar también en el ranking bursátil al Banco Santander, un hito insólito que ha dejado perplejos a los grandes inversores. Por mucho que algunos sigan frotándose los ojos ante los acontecimientos, y pese a que la benevolencia de Mario Draghi en su adiós del BCE ha permitido a la entidad financiera revertir esta última semana la situación, está claro que el cuento que adornaba al Ibex como santuario imbatible y guía material de las grandes decisiones económicas en España ha cambiado diametralmente tras el relevo generacional operado, a veces con ciertos alardes quirúrgicos, en los cuarteles generales de los principales ‘blue chips’ patrios.

De una forma inopinada los flamantes gerifaltes que comandan las principales sociedades cotizadas han emprendido un proceso gradual orientado a eliminar todos aquellos testigos negativos que pudieran invocar en un momento dado la memoria histórica de sus respectivas corporaciones. Los nuevos Botín (Ana), Pallete, Reynés, Gual y demás capitanes generales de la tropa bursátil han trazado una línea divisoria con el pasado que en algunas compañías ha llegado a identificarse al modo de un verdadero cordón sanitario, mientras que en otras se intenta camuflar con una inicua apariencia de naturalidad para no despertar las suspicacias de los antiguos mayores y predecesores que todavía tienen las maletas a medio hacer.

La vieja metáfora freudiana de matar al padre se está imponiendo en el actual panorama corporativo como una moda rabiosa a la que nadie quiere o puede sustraerse. Llegado el caso hasta el más sumiso y monitorizado Carlos Torres ha empezado a marcar distancias con Francisco González en una actuación preventiva que se hará más evidente en cuanto se levante el secreto del sumario del caso Villarejo. Bien sea por interés propio o porque las circunstancias así lo aconsejan los jóvenes valores que se han ido incorporando a la cabecera del Ibex han perdido las ganas de cambiar el mundo, renunciando con ello al halo de excelencia y glamour que se suponía habían recibido en herencia.

Mareo empresarial en una España que ha entrado en bucle

En todo este proceso de acondicionamiento se puede decir que el miedo guarda la viña y las estrategias de negocio se diseñan al carril, sobre cuadros de mando que huelen a naftalina y evitando cualquier tipo de desafío empresarial que lleve aparejado un mínimo riesgo de fracaso. Los cementerios están llenos de héroes y las ambiciones de gloria son el patrimonio de los imprudentes, de manera que nada mejor que colocar el retrovisor en alto para mirar de reojo lo que viene por detrás sin peligro de quedar convertido en estatua de sal. Sólo así se entiende la resignación bursátil ante esas cotizaciones famélicas e insolentes que ponen en solfa la garantía contable y financiera expresada a partir del valor en libros. Por algo parecido andan en la Audiencia juzgando la salida a bolsa de Bankia como si se tratara de la gran estafa nacional.

No corren buenos tiempos para la lírica del Ibex. Por lo menos en lo que concierne a esa versión denostada como lobby empresarial decidido a mover montañas sin importar el qué dirán. Ahora cualquier crítica puede resultar abrasiva para los estómagos especialmente delicados de unos dirigentes corporativos más preocupados por consolidar sus reinados que por conquistar nuevos reinos. Probablemente todo ello sea también una consecuencia lógica derivada de esa esclerosis múltiple que ha contaminado la vida del país ante la falta de un Gobierno estable que marque el camino a seguir. España ha entrado en bucle y eso es muy peligroso para unos gestores empresariales con especial aversión al mareo.

La frialdad con que Pedro Sánchez ha tratado a los empresarios sólo es comparable con la pereza que éstos muestran en sus escasas incursiones palaciegas. Quizá la falta de colaboración y empatía con el poder político sea una buena manera de limpiar eso que se ha dado en llamar la reputación social corporativa, pero tampoco hacía falta exagerar con la pose. Y menos aún ataviarse con harapos en bolsa para demostrar que sobran nervios y faltan ideas en las grandes corporaciones del país. Es verdad que la histórica colusión de intereses públicos y privados contradice el juego limpio y la igualdad de oportunidades, pero eso no debería impedir que ante la anomia que envuelve al poder real sean los poderes fácticos los que asuman un mínimo liderazgo y recuperen algo de su viejo sentido de Estado. Si malo es que falten buenos políticos peor será que no aparezcan empresarios capaces de dar la talla.

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