Jueves, 05.12.2019 - 23:37 h

Esperando a Greta en la Cumbre del Clima de Madrid

Que levanten la mano todos aquellos a los que se les haya atragantado Greta Thunberg o que sientan cierto hastío al oír hablar de esta niña sueca de 16 años que se está jugando sus rubias trenzas atravesando el océano en una cáscara de nuez. Todo para llegar a la Cumbre del Clima de Madrid sin contaminar con un vuelo regular de avión.

Con todo, lo de Greta es un gesto y un compromiso importante, sin duda. Un recado a las conciencias de los que tienen poca conciencia. Por la boca de Greta salen balas que taladran el corazón del ser humano, ese que en su vida loca destruye lo que encuentra a su paso: chupa la savia del planeta al tiempo que tala indiscriminadamente, y bombardea el ambiente sin pensar ni de reojo en un mañana que ya es hoy. Así nos va... Y una niña de 16 años se ha encomendado la misión de recordárnoslo.

No voy a restarle mérito ni coraje a la pequeña luchadora medioambiental pero tengo la sospecha de que Greta es un poco una muñeca, un juguete que se puede romper. Y ojalá me equivoque. Su travesía oceánica parece, como poco y aunque haya hecho alguna más, una temeridad, si bien es cierto que usando ese medio de transporte ha generado un hecho noticioso que ha ido creciendo en espera de que el barco toque el martes Lisboa, si no fallan las previsiones.

Allí estarán esperando a los navegantes, es de suponer, la flor y la nata lusa, además de convencidos y activistas de la lucha medioambiental para los que Greta es un auténtico icono y un modelo a seguir. Habrá también algún espabilado que estará imprimiendo camisetas con el semblante de Thunberg cual Che Gevara para hacer caja con el mediático desembarco.

Si todo es como se dice, en Portugal, o ya en España, habrá un coche eléctrico ofrecido por el Gobierno de Extremadura, que así, de paso, logrará una fotografía con la que vestirse de verde al tiempo que rebaña unos flashes.

Desde que Greta pise tierra firme, su comitiva va a ser seguida por propios y extraños, como si fuesen el Papa, Rafa Nadal o los Rollings Stones los que hollasen la Península Ibérica. España ha acogido la Cumbre del Clima echando un capote salvador al evento tras la renuncia de Chile, inmersa en su propia crisis socio-política, a celebrar el encuentro.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha lanzado un órdago que va a poner al país en la mira telescópica del resto del globo, movilizando a unos 4.000 efectivos de las Fuerzas de Orden Público, al CNI y a los servicios de seguridad de La Zarzuela, estos últimos para garantizar la seguridad del Rey Felipe VI. Los hoteleros y hosteleros están encantados mientras taxistas y VTC harán una carrera tras otra. Eso sí, la organización será un buen mordisco económico para las arcas públicas pero la Cumbre es la Cumbre y Greta es esperada con emoción.

Dudo que Greta sepa quién es Almeida, el alcalde de la ciudad, ni su opinión sobre que haya dinamitado Madrid Central. Con 16 años, muchos suecos -o británicos, alemanes, estadounidenses...- puede que ni sepan cuál es la capital de España, así que como para saber el nombre de un regidor.

Lo cierto es que la adolescente -que ha dejado de lado sus estudios y ha tomado la bandera contra el cambio climático con el (discutible) visto bueno de sus padres, que están tanto o más implicados que la niña en el fenómeno Greta- se dirigirá al mundo. La pequeña habla de cambio climático, energías alternativas, capa de ozono y efecto invernadero como si tuviera un puñado de masters en la materia, pero atiza bofetones de realidad en sus frases. Tal vez se enoje, como otras veces, tal vez no.

Los mensajes de Thunberg gustan más a unos que a otros, aunque la obviedad del deterioro del medio ambiente debería ser suficiente para que estados y multinacionales tomasen medidas urgentes. Es necesario que así sea y ello no ha de presuponer terribles impactos económicos: las empresas han de saber sacar rentabilidad a la situación, generando nichos de negocio, al tiempo que los gobiernos han de trabajar para salvaguardar las decisiones que se adopten de cara a combatir el cambio climático.

Madrid va a acoger a centenares de expertos, sabios, políticos, economistas, divulgadores, científicos, estudiosos... Unos 25.000 en números redondos. Por Ifema pasarán desde jefes de estado y de gobierno a curiosos. Pero será a Greta Thunberg a quien busquen las cámaras de televisión y los fotógrafos de prensa. Greta sumará un discurso más ante un aforo de gala cuando probablemente debería estar estudiando Biología, Lengua, Historia o Matemáticas en un instituto de Estocolmo, relacionándose con chicos y chicas de su edad, tranquilizando su vida agitada y creciendo como persona al abrigo familiar, lejos de focos, intereses, seguidores y alguna gente que quién sabe si meterá cifras en una cuenta corriente en algún lugar del mundo.

Greta está en una nube que su padre, actor, y su madre, cantante de ópera, han creado para satisfacer los deseos de la niña, centrada en su objetivo.

Debería haber una Greta Thunberg dentro de cada uno de nosotros de forma y manera que nos hiciera capaces de combatir lo injusto, parar los desmanes de la humanidad contra el planeta y pensar en una Tierra sana que dejar como herencia a las generaciones que vendrán. Todos deberíamos tener una Greta Thunberg dentro, aunque solo fuese para que Greta Thunberg pudiese vivir como una niña. Sin más.

Bienvenida, Greta.

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