Domingo, 05.04.2020 - 02:32 h

Pedro Sánchez y Quim Torra han llevado a cabo un vis a vis en el Palau de la Generalitat. Como si fuese la reencarnación de los tres magos de Oriente en uno, el presidente del Gobierno de España cubrió de presentes al independentista catalán, al tiempo que le visitaba en casa y aprovechaba el viaje para tener un encuentro o una reunión -no sé, que se lo pregunten a Ábalos- con Ada Colau, alcaldesa en Barcelona.

Ha sido como retroceder al pasado reciente; entonces, en lugar de Torra había un joven Jordi Pujol -antes de dejar de ser tan honorable como se pensaba o antes de que lo supiésemos- y en lugar de Sánchez, el presidente de turno de España. La Cataluña presecesionista siempre fue un estómago bien agradecido y a cambio de un buen puñado de ‘pelas’ decía sí donde antes dijo no. Pero todo ha cambiado de un tiempo a esta parte. Y bastante.

Los políticos de la Transición tenían un pedigrí que no exhiben algunos petimetres que ahora petardean en sus escaños. Ese pedigrí era útil para plantar cara políticamente al adversario. En aquel hemiciclo primigenio democrático y constitucional había una mezcolanza colosal: comunistas, ultraderechistas, franquistas, socialistas, prosoviéticos, centristas, exfalangistas... Con diferencias ideológicas abismales, todos guardaban la compostura y la decencia parlamentarias y pactaban con renuncias.

Sánchez -que ha reunido al Gobierno de coalición en Quintos de Mora como si fuesen a una acampada de los 'boy scouts'-, Casado, Arrimadas, Rufián, Abascal, Iglesias o Garzón no son estadistas. Gusten más o menos son los representantes de los ciudadanos que han de resolver los problemas que afronta el país. Y uno de los importantes es Cataluña. En breve, se abrirá una Mesa de Negociación y los partidos con representación parlamentaria, sin excepción, deberían participar. Hablar es solo hablar, no supone en ningún caso ceder. Parece una perogrullada pero cuando surgen problemas -entre regiones, estados, municipios, vecinos, familias, amigos...- hablar es balsámico, derrumba muros e iguala. Pero la Mesa nacerá coja.

La España de 2020 no es como la de 1978. España está en un momento clave de cara al futuro, y decisiones que no cuenten con respaldos mayoritarios del Congreso están condenadas a seguir generando enfrentamiento. Hay que cubrirse con el paraguas de la ley y atreverse a algo tan estresante como negociar. Negociar sí es ceder, pero con respecto al independentismo, hay barreras infranqueables: el imperio de la ley y el respeto a la Justicia. Una negociación puede y debe marcar entendimiento y una hoja de ruta trazable y realizable. España puede, con consenso, soltar al máximo las riendas en Cataluña pero sin romper.

El mayor riesgo de la negociación no es la Mesa en sí, sino la guerra abierta entre ERC y JxCAT, artífices prioritarios del secesionismo. Esquerra parece que quiere hablar, negociar. A cambio, dejará que Gobiernen PSOE y UP. Pero alguien tan flojo como Torra será quien muy probablemente dinamitará las conversaciones. Por lo pronto, el president ya ha reclamado la presencia de un mediador/negociador, que no será aceptado, lógicamente, por el Gobierno.  Torra está muerto políticamente pero antes de caer hará ruido. Y si para que todo se vaya al traste hay que exigir que en las conversaciones participe a través de un plasma el huido Puigdemont, pues se pide.

JxCAT y ERC dejarán aflorar sus diferencias: el secesionismo a las bravas o el avance mediante la negociación política, respectivamente. ¡Qué remedio! Con unas elecciones autonómicas anticipadas en el horizonte cada gesto captará o hará desaparecer votos. Para cuando los independentistas quieran darse cuenta, Sánchez habrá aprobado los Presupuestos Generales del Estado y los de Puigdemont y Junqueras no tendrán tiempo de negociar nada más que su espacio en el Parlament de Cataluña. Sánchez (por ahora) siempre gana.

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