Lunes, 18.11.2019 - 17:50 h

No va a haber independencia... y Torra lo sabe

Las floristas de Las Ramblas ya no venden rosas; los kioscos de prensa tienen noticias viejas; las empresas achican su negocio... Solo es un decir. Barcelona, Cataluña entera, no es hoy igual que hace exactamente una semana, cuando se conoció el contenido de la sentencia de los presos del procés. Los reos, encarcelados siguen. Tendrán beneficios penitenciarios pronto, o no, pero penan prisión nueve de los doce, ya sea por sedición, malversación... Y mientras ellos hacen muescas en la pared de su celda con los días que les quedan para salir libres, las calles de Cataluña se han convertido en escenario de una guerra de guerrillas, en el que unos centenares de radicales -no sé si independentistas, anarquistas, antisistemas...- le están quitando a las ciudades catalanas un poco de vida cada noche: cada vez que queman un contenedor, destrozan una jardinera, rompen el escaparate de un banco, pintan en las paredes, hacen explotar petardos, levantan los adoquines que sellan el suelo...

En estas, el 'president', que ensombrece la calificación de honorable del cargo, ha usado el tancredismo de Mariano Rajoy pero multiplicado por diez, aunque pueda parecer imposible. Quim Torra ha visto cómo ha crecido la tensión en las calles y se ha puesto de perfil. Su estrambótica y desconcertante rueda de prensa a las 12 de la noche solo se explica en términos de nocturnidad y alevosía. El pasado sábado volvía a comparecer pero, en lugar de hacer valer sus galones, exigir el fin inmediato de la violencia sin ningún tipo de calificativo y respaldar sin fisuras a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que frenan en las calles catalanas a los alborotadores salió con más de lo de siempre.

Torra quiere hablar con el Gobierno de Madrid, con España. Pero el señor que apoya a los CDR no pretende un diálogo real. Él, como el difunto y añorado Paco Umbral, solo quiere hablar de su libro. Quiere sentar al Gobierno en una mesa de negociación para tratar de lograr lo que de antemano le está prohibido por ley. Torra lleva escritas en su bloc de notas las palabras independencia, autodeterminación, derecho a decidir, referéndum, secesión, ruptura, diálogo sin condiciones, soberanismo... Y no lleva estos asuntos anotados para charlar sobre ellos sino para imponerlos. Hagamos que hablamos para conseguir lo que yo quiero, dirá el 'president'.

Hay que dialogar, sí. Y el presidente del Gobierno en funciones tiene la obligación de atender las llamadas de Torra. No creo que estos días tenga mejor cosa que hacer Pedro Sánchez. Hay que dialogar, sí. Pero, primero, para que reine la paz en las calles catalanas. Después, en algún momento, habrá que abordar el cómo y el de qué manera se pueden integrar las nuevas inquietudes sociales en el marco del Estado pero siempre, siempre, al abrigo de la ley. Tal vez el traje del 78 se nos esté quedando algo pequeño y tire de las sisas pero no puede haber traje nuevo sin el consenso político necesario para ello.

Mal lo tiene Torra en estos momentos. Una parte de los españoles está cabreada con el posicionamiento independentista catalán, que es legítimo como movimiento o aspiración siempre y cuando se circunscriba al estricto marco de lo que disponen las leyes y se exprese sin violencia. Tras los disturbios de estos días, con radicales heridos, policías heridos -uno de ellos muy grave-, gente mayor herida, gente joven perdiendo ojos o testículos, esa misma gente y mucha más está indignada.

El radicalismo visible de un sector del secesionismo catalán tiene más que ver con los cócteles molotov, el lanzamiento de ácido, las bolas de acero, las canicas, los adoquines arrancados y los palos que con los millares de manifestantes que se presentaron en Barcelona desde varias marchas, andando, para expresar sus deseos de independencia. Una concentración multitudinaria pero pacífica; de personas que anhelan un destino que sus políticos han de intentar ganar, algún día, con la ley en la mano. Pero no va a ser ahora... y Torra, Puigdemont y los presos bien lo saben.

La economía catalana está pellizcada. Barcelona, puerto crucerista por excelencia, empieza a perder algunos atraques, mientras que sus visitantes sufren las incomodidades de una comunidad en la que la violencia huele a humo de barricada. Algunos países han puesto a la Ciudad Condal en el ranking de lugares a evitar. Mal asunto.

Si alguien pensaba que después de Carles Puigdemont no podría llegar alguien más inquietante, se equivocaba. Puigdemont ha sido el listo del procés: el que apretó el 'botón de destrucción' antes de salir corriendo como una gacela. El viernes se presentaba ante la Justicia de Bélgica y, a su salida, los periodistas le preguntaban sobre la dramática situación de violencia que envuelve a Cataluña. Puigdemont hizo un quiebro para centrase en lo (para él) mollar: que los jueces belgas le habían dejado en libertad sin fianza. Claro, otro que había ido a hablar de su libro.

Desde el lunes, Cataluña se ha visto sumida en el vandalismo. El independentismo racional ha sido sepultado por la barbarie de unos pocos centenares, a los que se han acabado enfrentando hasta los CDR que buscan separarse de España sin sangre en las manos. Incluso a Gabriel Rufián le han dado la espalda los más radicales. El ‘chico malo’ del Congreso de los Diputados ha sido repudiado, insultado, abucheado y pitado por los que creyó suyos. Resulta que ahora Rufián es un esquirol por propugnar el fin de la violencia en las calles.

Dudo mucho que los presos del procés vean con buenos ojos lo que ha pasado estos días en las calles de Cataluña, más aún cuando las protestas han surgido en su nombre y para pedir una libertad que el Tribunal Supremo les ha negado aplicando la ley: según unos, de forma benévola; según otros, castigando el ejercicio de la democracia.

Torra representa la máxima autoridad de la autonomía catalana. Y como tal ha de comportarse. Avergüenza verle marchar con los que protestan o animar al 'apreteu', como si en Barcelona, Girona, Tarragona o Lleida solo hubiese catalanes que quieren romper con España. Torra está cada vez más solo mientras en ERC afilan los cuchillos para dar el golpe de mano.

El resultado de las elecciones del 10-N en Cataluña habrá que leerlo en clave local, y habrá vencedores y vencidos. Pero en Cataluña, hoy, con plástico pegado al asfalto y las calles desempedradas, todos pierden.

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